En lo referente a tecnología vivimos tiempos paradójicos, contradictorios. Tiempos en que a la vez que idolatramos a la tecnología, la tememos y denostamos. La tecnología inunda nuestras vidas. Estamos permanentemente informados por, y constantemente pendientes de, nuestros smartphones. Damos por supuesta la conectividad en cualquier momento y lugar. Compramos y vendemos en tiempo real, pagamos de forma electrónica, hablamos de viva a voz a unos dispositivos que parecen entendernos y nuestros hogares, empezando por nuestras aspiradoras, están crecientemente robotizados.

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En el mundo de la empresa y la actividad económica asistimos a la casi omnipresencia del cloud computing o al desarrollo de modelos de transacción, identidad, y trazado, basados en blockchain y que, realizando la promesa de la Web3, prometen transformar el mundo de los intercambios económicos. Asistimos al desarrollo de interfaces y experiencias de usuario novedosas, virtuales, inmersivas y se nos habla, y casi marea, con un eventual metaverso. E inunda los discursos, y también las soluciones reales, todo lo que tiene que ver con la inteligencia artificial en sus distintas manifestaciones como analítica avanzada, procesamiento de lenguaje natural, visión artificial o bots inteligentes. Se desarrollan y aplican robots cada vez más avanzados, robots que son mi personal pasión y que van incorporando soluciones sensoras, motoras y de control cada vez más avanzadas, así como mayores capacidades cognitivas en campos como la navegación, el lenguaje o el reconocimiento de emociones.

Y al mismo tiempo que se desarrolla y nos inunda toda esta tecnología, existe una creciente preocupación acerca de la ética de los negocios y la tecnología, con especial atención a lo que tiene que ver con la ética de la inteligencia artificial tal y como lo analiza OdiseIA (Observatorio del Impacto Social y Ético de la Inteligencia Artificial) con el que tengo el gusto de colaborar.

Preocupan aspectos como la privacidad, los sesgos algorítmicos, la explicabilidad de las decisiones automatizadas, la trasparencia, la autonomía de las personas, etc. Y en un nivel más global, nos desafían problemáticas como las nuevas brechas digitales o el empleo, y se hacen planteamientos como la necesidad de una renta básica universal o una eventual fiscalidad sobre los robots. Sobre algunos de estos aspectos reflexiono en mis conferencias y libros, particularmente en el último capítulo de mi libro Robots en la sombra.

Es afortunada, y muy necesaria, esta preocupación ética, una ética que realmente debería informar nuestra actividad de todo tipo pero que circunscribimos aquí al ámbito de la tecnología.

Pero a la hora de pensar en ética de la tecnología, creo que deberíamos adoptar una perspectiva mucho más positiva y constructiva.

Gran parte de los discursos éticos sobre tecnología se dedican a advertir de los peligros que conlleva esa tecnología, los daños que puede generar, o los malos usos que de la misma se pueden hacer. Esas advertencias son pertinentes y sin duda necesarias, pero caen con frecuencia en argumentaciones catastrofistas, discursos hemipléjicos que solo mencionan, y con frecuencia magnifican, riesgos y amenazas, y que promueven, intencionadamente o no, el miedo a la tecnología y al futuro.

No es esa la ética de la tecnología en la que yo creo.

Siendo ciertos y serios algunos de los riesgos existentes, siendo cierta la necesidad de análisis, limitación y regulación de ciertas prácticas, debemos reconocer a la tecnología el papel que realmente juega y concederle el crédito que se merece.

La tecnología es una creación humana. Y algo que construimos para que nos ayude. Comenzó con ingenios básicos como la palanca o la rueda y hoy en día nos movemos en cosas tan sofisticadas como la inteligencia artificial o los robots. Pero la idea sigue siendo la misma: hacemos tecnología porque potencia y extiende nuestras capacidades, porque nos permite aplicar fuerzas o potencias que ninguna persona o animal es capaz por sí misma, porque nos permite actuar o desplazarnos a velocidades inimaginables para un ser vivo, porque nos habilita para hacer cálculos fuera del alcance de nuestras capacidades cognitivas humanas.

La tecnología es un motor de progreso, de eficacia y eficiencia.

Y es por eso que yo defiendo, en mis libros, cursos y charlas, otro modelo de ética de la tecnología, un modelo optimista, un modelo que no sólo no es temeroso de la tecnología sino que considera que, en un mundo en el que aún existen tantas desigualdades, un mundo en que millones y millones de personas viven en la pobreza y en un planeta cuyos recursos estamos agotando, tenemos la obligación moral de ser eficientes, tenemos la obligación moral de ser más productivos. Y para ello, necesitamos la tecnología. Nuestra gran baza es la tecnología.

La ética, pues, no sólo no nos debe hacer temer a la tecnología, sino que nos debe impulsar a utilizarla. Con criterio y responsabilidad. Pero utilizarla.

 



Ignacio G.R. Gavilán
es conferenciante de Futuro y nuevas tecnologías, experto en innovación y robotización de procesos con más de 30 años de experiencia en el ámbito de la tecnología. A través de un estilo pedagógico, en sus conferencias divulga las tendencias más actuales en automatización inteligente y robotización de procesos, destacando siempre las implicaciones éticas y humanísticas con especial foco en el humanismo digital y la relación de los robots-personas. Es autor de La Carrera Digital (2019) y Robots en la sombra (2021).

 

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