Por Juan Carlos Alcaide

Vemos películas, series, ciencia ficción y distopías, y nunca pensamos que vamos a vivir un momento histórico como el que, sin duda, estamos viviendo. Es ficción. Hasta que deja de serlo.

Y en nuestra sociedad atocinada, lenta de movimientos (rápida sin rumbo en lo individual), aburguesada, hiperconectada y comodona, cualquier alteración de la plácida vida cotidiana es una gran crisis. No es así en África o en lugares donde la ciénaga es el contexto, la crisis es la esencia y el caos el natural devenir. En esta Europa maravillosa y (felizmente) liberal, la autoridad recomienda, sin amenazas, no nos vayamos a enfadar los ciudadanos.

Qué gusto vivir aquí, excepto en tiempos de crisis, en los que es necesario timón y timoneles, instrucciones que son órdenes, autoridades con autoridad que mandan sin consejitos. Buenos vasallos sin buen señor, ciudadanía amorfa, zombis con smartphone.

En este contexto, el comportamiento de masas en España, me parece destacable por los siguientes aspectos, entre otros:

Ministras y aspirantas. Ahora es fácil decirlo, una semana después. Pero es absolutamente increíble que las autoridades sin autoridad recomendasen, hace unos días, acudir a actos masivos en defensa de la mujer trabajadora que en unos días iba a perder su trabajo por mor (en una pequeña parte) de la incompetencia ideologizada de gobiernos y aspirantes, sin visión, con vista nublada por el interés electorero: yo dejo el mensaje (“de que voy a la mani”) en el telediario, no voy a ser yo el que falte. Todos los partidos estuvieron, alguno fue expulsado, pero ninguno tuvo el coraje de decir: “no voy y ¡no hay que ir porque es peligroso!”. Ministras con látex y aspirantas en mueca absurda, feliz batucada inclusiva del virus en la enardecida masa.

Calma vs psicosis y efecto arrastre. Interesante resulta la gestión individual del miedo, incertidumbre y dudas hasta el momento. Parece cívica y no lo es: nadie asaltó el supermercado, es cierto. Hay parques con gente, bares con brindis por la vida y terrazas con adolescentes compartiendo el tinto de verano y virus en vacacional acomodo. Sin miedo, hasta que llegue el COVID19, que ya llegó. En una pequeña parte porque... no hubo autoridad con autoridad que dijese sin titubear qué hay que hacer y lo que se prohíbe hacer.

Calma en las terrazas, pasa la vida, que contrasta con la psicosis, con el comportamiento en el supermercado, aún ejemplar, hasta que deje de serlo, espero que no: el efecto arrastre es de divertida observación por el observatorio de memes y lo que tienen de representación valleinclanesca de la esperpéntica realidad. Y es que el afán almacenero del papel higiénico sería divertido de no reflejar un miedo ancestral que no se corresponde con las imágenes de normalidad oficinista o compartición en la terraza solariega. Efecto BandWagon lo llamamos los profesionales del marketing: efecto arrastre. Y es que al ver y hablar de ello (meme mediante) se genera aún más tendencia almacenera: si los demás lo compran, no sea que me quede yo sin mi rollo de papel.

Los precios. Efecto Giffen se llama en marketing cuando la demanda de los productos se incrementa cuando su precio sube. El incremento de precio de algunos productos (que aún no escasean) hace que se perciba la urgencia de almacenarlos, aunque sea a precio de plata (el precio de oro ya llega). Aguas embotelladas, toallitas húmedas higiénicas (que no sirven como desinfectante, pero refrescan), y similares…. Eso tira de la demanda y genera subida del precio, cada vez más oro y menos plata. Y veremos subidas de precios de productos básicos, en buena lógica, en las próximas semanas.

Lo social. Lo que más me preocupa del futuro mediato e inmediato es la alteración en el comportamiento social de los grupos pequeños y las familias. Tendrá un impacto en el juego sexual, desde luego, y lo tendrá en los hábitos de higiene (por fin veremos a un amplio porcentaje de caballeros lavarse las manos tras miccionar en los baños públicos, cosa que no ocurre en este país, que algunos llaman “de camareros”). Si el roce hacía el cariño, habrá que demostrarlo de otra manera.

La crisis de confianza del consumidor generará, lamentablemente, una profecía que se autocumple, y al devastador parón (real) habrá que unir el miedo al gasto, a mover el dinero: inevitable el reset que no llegará antes de un octubre de evaluación de daños, de llamada a la acción y de movilización de una economía que no sabemos cómo quedará. Ya tocará escribir ríos de tinta sobre ello.

En suma, ya ha tenido un impacto en la sensación de vulnerabilidad individual, de que somos terrenales, vulgares mortales vulgares, con su Whatsapp, insensibles sensibles, siempre conectados con memes que envilecen pero animan en la depresión colectiva que viene para quedarse.