Estos tres estados emocionales suelen alterar nuestra vida cotidiana. Condicionan las decisiones que tomamos, limitan nuestras oportunidades y nos dejan fuera de ser protagonistas de esta vida que en parte vamos eligiendo. Estas emociones son desconsideradas, incluso maleducadas. Suelen presentarse sin llamar a la puerta, no piden permiso para entrometerse en nuestras vidas y tampoco se despiden cuando desaparecen. Aunque en ese momento suele darnos igual. Nos sentimos tan agradecidos cuando no forman parte de nuestra vida, que nos es indiferente que se despidan a no.

La ansiedad y el miedo vienen en nuestro código genético. Aunque nos llevemos mal con ellas, realmente son amigas. Y gracias a su presencia a lo largo de la historia, hemos llegado dónde hemos llegado. Démosles las gracias por estar vivos.

Le echamos la culpa de nuestro malestar cuando se presentan en nuestras vidas, pero no son ellas las responsables. Somos nosotros. ¿Por qué aparecen, por qué se manifiestan de la forma en que lo hacen y cómo podemos doblegarlas cuando sea necesario?

La ansiedad y el miedo son nuestra respuesta natural ante la percepción de una amenaza. Hoy más que nunca, la amenaza es real. Estábamos acostumbrados a sentir ansiedad por amenazas que no eran reales, que no sabíamos si en algún momento se podrían manifestar y que además no ponían en riesgo nuestra vida. Por ejemplo, hablar en público, hacerte una prueba médica, comprometerte con alguien, hipotecarte, expresar opiniones personales, decir que no a alguien, empezar en un gimnasio sintiéndote observado, exponer tu punto de vista en una reunión de trabajo, etc.

Nuestra mente interpretaba cada una de esas situaciones como estresantes, peligrosas, altamente incómodas. Nos decíamos o nos seguimos diciendo, comentarios como “mi opinión no es importante, no tengo nada creativo que aportar”, “no he hecho nunca deporte, voy a ser la patosa de la clase”, “y si mi aportación no es interesante, y si me jefe le saca defectos”, etc. Nos anticipábamos al fracaso y con ello despertábamos al lobo de la ansiedad y el miedo.

Pero hoy la amenaza no es la anticipación de nada. Es una amenaza real. Es la muerte de seres queridos, es el cambio brutal de rutina, es no poder abrazar a tus padres y saber que están solos en casa, vulnerables ante el virus, sin poder ayudarles, es la pérdida de trabajo, el cierre de negocios, es teletrabajar mientras atiendes a tus hijos pequeños porque no saben hacer los deberes solos, es estar incomunicado, y sobre todo, es incertidumbre, miedo y enfermedad.

Las personas tenemos pavor a la incertidumbre, a la enfermedad y a la muerte. Y si le añades el daño económico a nuestra economía particular y general, se entiende que reaccionemos desde el pavor. Y a pesar de tener motivos reales para estar sufriendo estas emociones, no podemos permitir que nos dominen y que limiten lo poco controlable que ahora tenemos en nuestras vidas.

Si quieres hacerle frente a la ansiedad durante la etapa de confinamiento, puedes empezar por:

Realizar ejercicios de meditación o relajación

La ansiedad sobreactiva tu sistema nervioso y te lleva a tener sensaciones físicas y cognitivas muy molestas. Falta de aire, sudoración, pensamientos negativos, falta de concentración, tensión muscular, problemas de sueño.

Practicar diariamente un ejercicio de meditación, aunque sean pocos minutos al día, te ayudará a serenar la mente, a reducir la activación de la amígdala, centro de nuestras emociones, a reducir también la actividad de nuestro sistema nervioso simpático, que es el que responde acelerando nuestro organismo cuando percibe una amenaza.

En mi canal de Spotify tienes un ejercicio de relajación muscular que puedes descargarte gratis y practicarlo antes de dormir. Verás cómo mejora tu calidad del sueño. Este es el enlace para poder descargarlo

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Busca una nueva rutina

Las rutinas y el orden nos dan seguridad. Antes del confinamiento teníamos cada uno de nosotros nuestros horarios, nuestro ritmo y nuestra rutina. Esta ha cambiado completamente. Necesitamos ordenar el día con horarios y actividades fijas, y que al margen tengamos un espacio y tiempo para el ocio y para la espontaneidad.

La rutina tiene que ser compatible con la flexibilidad. En tu rutina puedes establecer de manera fija de lunes a viernes horarios de sueño, de desayuno, comida, cena, trabajo, actividad física, orden y limpieza del hogar y meditación, y dejar al libre albedrío el resto del tiempo en función de las responsabilidades de cada uno.

Autocuidado y autoestima

Es importante cuidar de ti, por respeto, por bienestar, por cuidar tu autoestima. Puedes tener rutinas de belleza, practicar alguna afición, tener tu tiempo de lectura o escribir un diario. Se trata de disfrutar de un tiempo que esté exclusivamente dedicado a ti.

Ya sé que muchas personas dirán que compaginar teletrabajo y niños pequeños hace complicado tener tiempo para uno. Es cierto, pero algún huequecito tenemos que aprovechar para ello.

Acuérdate de conectarte diamante con los tuyos

Nos preocupan nuestros familiares y saber de ellos nos deja tranquilos. Trata de que las conexiones sean para tener momentos de calidad, no solo para un “cómo estás”. Hazles partícipes de tu día a día. Establece una videoconferencia y haz partícipes a tus padres del Trivial que estéis jugando. Muéveles la ficha y hazles preguntas. Deja que estén presentes en tu vida. Así les ayudamos a que no se sientan solos y también favorecemos su estado cognitivo.

Acuérdate también de las personas que están solas en casa. Amigos sin pareja o sin hijos, personas que se acaban de separar o que les ha pillado fuera de sus países. Llama, pregunta, interésate.

Así conseguimos sacar el foco de atención y ponerlo en los otros. Cuando nos observamos demasiado terminamos desarrollando emociones incómodas y nos volvemos el centro de atención.

Cuida la manera que tienes de hablarte a ti y a los demás

Nuestro pensamiento es poderoso. Marca y dirige nuestras emociones y nuestro comportamiento. Si verbalizamos en negativo todo el día “esto es un rollo, no puedo más” o si anticipamos lo peor solo elevamos nuestra frustración, ansiedad y desesperanza.

No se trata de ser los más positivos del mundo y pensar que esto es lo mejor que nos puede pasar. Solo se trata de tener un pensamiento útil. “Lo estamos llevando lo mejor que podemos”, “centrémonos en aquello que no podemos hacer en otros momentos de nuestra vida” … Pensar en positivo nos ayudará a sentirnos mejor, a tener esperanza y animar a los que tenemos alrededor. La queja en este momento es altamente tóxica.

Acepta tus emociones y deja de luchar contra ellas

Lo que ahora sientes, sea lo que sea, es normal. No trates de ser Superwoman ni Superman. No tienes que disimular delante de tus hijos. Al revés, es bueno hablar de lo que cada uno siente, hablar de los miedos, de la pena.

Que uno se sienta mal no tiene por qué suponer dejarse arrastrar por esa emoción, meterse en la cama y desaparecer del mapa. No. Se puede hablar de emociones por el simple hecho de sacarlas fuera, por compartirlas, por comprobar que todos nos sentimos igual.

Y por supuesto, aprovecha para empaparte de todo el tsunami emocional de aplausos, solidaridad, sentimiento de pertenencia que nos invade en este momento.

Controla lo que esté bajo tu control

Nos gusta controlar porque nos da seguridad y relajación. Ahora hay poco controlable, pero parte del trabajo para algunas personas sí es controlable, estar pendiente de familiares, los menús, la rutina, la formación de sus hijos. Ocúpate de lo que te puedes ocupar y desocúpate de lo que no.

Todo, menos la muerte, es pasajero. Tratemos de sacar una experiencia positiva de lo que estamos viviendo. Quedémonos con los valores solidarios que estamos experimentando. Y tengamos claro que este momento es temporal.